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lunes

Toma mis sueños

Y ven conmigo a construir otros nuevos
que podamos compartir
cogidos de la mano.

Con la mirada sostenida en el azul,
y el pelo revuelto por el viento
que acerca a mi vida olor a miel
de azahar.




domingo

Acostumbrarse?


Tenemos una nueva compañera de piso. Se presentó sin avisar y ha venido para quedarse; se escondía tras la dulzura de un niño y no dio señales de su existencia hasta que un pediatra la pilló desprevenida en una prueba irrefutable: un análisis capilar de sangre que determinó su presencia, y desde ese momento nos dejó claro que se iba a convertir en una más entre nosotros.

Para vivir escogió a mi hijo. No me extraña, claro, si yo hubiese sido ajena a la situación personal que nos une, también lo habría elegido como compañero de por vida: es inteligente, divertido, cariñoso, avispado y vital... solidario, empático y fantástico amigo. Es normal que lo prefieran. Yo también lo haría.

Pero claro,  esta nueva realidad, no esconde un proceso de aceptación que lleva un cierto tiempo. Porque en el fondo es eso; aceptación de la nueva realidad, ya que no tengo muy claro que llegue a acostumbrarme -como dice todo el mundo por ahí- al hecho de que  la vida de mi hijo tiene que transcurrir pendiente de sus niveles de glucosa y pegado a una pluma de insulina. Soy consciente de que el autocontrol y la medicación son fundamentales en su calidad de vida, y por eso -sólo por eso- aprenderé a aceptarlo y a sobrellevar las cosas con cierta entereza y todo el coraje del que pueda hacer acopio. Pero acostumbrarme.... acostumbrarme a ver a mi hijo enfermo, eso ya es mucho decir.

Yo no quiero acostumbrarme a nada distinto de lo que ya tenía. No quiero tener miedo de si está hipo o hiperglucémico, no quiero despertarlo a las 4 de la mañana para obligarlo a comerse una manzana... no quiero que vaya al colegio pendiente de la inyección de las 11.30... no quiero que cuente raciones de hidratos de carbono para comer, no quiero fraccionarle la merienda ...
No quiero verlo llorar porque sus amigos toman pan con chocolate y él una pera... no quiero, simplemente no porque no puedo.

Así que, por favor, que nadie me diga más veces que los niños se acostumbran con facilidad a estas cosas, o me estallarán los ojos. Como esta mañana, cuando tras la última anotación en la libreta, al ver que me faltaban datos de las comidas de ayer, mi hijo se derrumbó sobre mi hombro llorando y preguntándose por qué le había tocado a él... y pidiéndome perdón por lo mucho que le cuesta no sucumbir a lo que él llama "tentaciones muy difíciles". Aún encima el pobre se siente culpable de no ser perfecto... ¡Sólo me faltaba eso!

El tiempo, la costumbre y la vida misma conseguirán que nos adaptemos a vivir con normalidad con esta compañera que no pedimos tener entre nosotros, pero que nos ha escogido  como familia residente... lo haremos, seguro.

Pero no me acostumbraré jamás a ver a un niño sufrir, por algo que no comprende ni comparte... ni a una madre desmoronarse porque no puede darle a su hijo, lo que tienen los demás, simplemente porque "no le conviene" ni de forma puntual...

La vida es una tremenda putada a veces.

Y a nosotros, nos ha tocado -esta vez- compartir la nuestra con esta inquilina indeseada a la que no encontramos forma de echar.





miércoles

Delicadeza para compartir



Es para ti, amigo mío:

Hoy que no estás, quiero compartir contigo el centro de aquello realmente importante, el núcleo coloreado de las sensaciones que hemos aprendido a descubrir, y que se transforman en confidencias escritas a través del aire.

Quiero regalarte un pensamiento y transmitirlo a mi modo a través de la reflexión, para que llegue a ti, como otras veces, y lo transformes o lo interpretes, para que lo rechaces o lo vivas.... en definitiva para que lo hagas tuyo. Si quieres.

Hay un momento en la vida en que el escepticismo puede con la cordialidad, y la ironía con la ternura. En ocasiones me cuesta traspasar el umbral que lleva de un estado a otro, pero he descubierto que es más sencillo ahora que he encontrado un cabo en el que puedo agarrarme si me fallan las fuerzas, porque su amarre es firme y no  permitiría jamás que me arrastrase el temporal.

Así de vulnerable soy a veces, ya me conoces... sobre todo cuando tengo frío.

Es curioso hallar descanso en emplazamientos lejanos, desprotegidos del viento y batidos por un mar que nunca descansa, pero es así. Porque al final, una no se refugia en lugares, sino en personas..... y por tanto el rincón perfecto es aquel donde podamos ser nosotros mismos, los de siempre.

 La amistad es así: una amalgama de sensaciones inexplicables, momentos compartidos, y confidencias impensables fuera de contexto. Con lo que tengo, me siento afortunada; no pido más, ya lo tengo todo.

Porque, a pesar de las complicaciones, y las cosas que nos envuelven cada día... hemos sabido  encontrar el segundo apropiado para mirarnos a los ojos y hacer un guiño cómplice que nos recuerde lo importante, lo sustancial.

....... Que no es otra cosa más que el convencimiento de que uno y otra hablan cada vez mejor, el único lenguaje que no necesita expresarse con palabras...

                                                        Y que se llama amistad.