Entonces empezó a mirar atentamente a su alrededor y se percató de que todo lo
que podía verse desde el antiguo salón era bastante corriente y de poco interés,
pero que todo lo demás era sumamente distinto. Así, por ejemplo, los cuadros
que estaban a uno y otro lado de la chimenea parecían estar llenos de vida y el
mismo reloj que estaba sobre la repisa (precisamente aquel al que en el espejo
sólo se le puede ver la parte de atrás) tenía en la esfera la cara de un viejecillo
que la miraba sonriendo con picardía.
Lewis Carrol
Alicia a través del espejo
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sábado
miércoles
Al otro lado del cristal
Más allá de la pared que tengo frente a mis ojos, sé que existe un lugar donde descansar al final del día, sentada a la sombra de los alisos que bordean el río.
Más allá, pero cerca...
Sólo tengo que atravesar el cristal.
Más allá, pero cerca...
Sólo tengo que atravesar el cristal.
domingo
The lock
Frente al mundo imaginado que amanece tras los cristales, surgen ideas que entremezclan música y sal. Y escondo en invisibles arcas del hogar que fue mi casa, las cosas importantes que sólo yo sé que allí están, para que nadie las encuentre; acaso para que nadie sepa que las tengo y que me importan. Hubo un tiempo en que no existían horizontes, ni el sol llegaba al rincón en el que me quedé dormida. Me acostumbré a la oscuridad implícita del hermetismo y la desconfianza. De la apatía y el miedo.
Descubrí que a oscuras es más fácil tropezar, pero la ignorancia se escondía tras la justificación innecesaria, y para cuando quise darme cuenta, ya estaba acomodada entre la indecisión y el cinismo.
Nunca he estado tan desnuda como cuando perdí el miedo a equivocarme otra vez. Ni fui tan vulnerable como la noche en que dibujaste en mi cuerpo el mapa de las emociones acumuladas en la ausencia. Y ahora que ya no existen llaves, ni puertas, ni oscuridad... sigo sin saber por qué el amor se escribe siempre con lágrimas.
jueves
Pecados capitales.- La envidia
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domingo
Acostumbrarse?
Tenemos una nueva compañera de piso. Se presentó sin avisar y ha venido para quedarse; se escondía tras la dulzura de un niño y no dio señales de su existencia hasta que un pediatra la pilló desprevenida en una prueba irrefutable: un análisis capilar de sangre que determinó su presencia, y desde ese momento nos dejó claro que se iba a convertir en una más entre nosotros.
Para vivir escogió a mi hijo. No me extraña, claro, si yo hubiese sido ajena a la situación personal que nos une, también lo habría elegido como compañero de por vida: es inteligente, divertido, cariñoso, avispado y vital... solidario, empático y fantástico amigo. Es normal que lo prefieran. Yo también lo haría.
Pero claro, esta nueva realidad, no esconde un proceso de aceptación que lleva un cierto tiempo. Porque en el fondo es eso; aceptación de la nueva realidad, ya que no tengo muy claro que llegue a acostumbrarme -como dice todo el mundo por ahí- al hecho de que la vida de mi hijo tiene que transcurrir pendiente de sus niveles de glucosa y pegado a una pluma de insulina. Soy consciente de que el autocontrol y la medicación son fundamentales en su calidad de vida, y por eso -sólo por eso- aprenderé a aceptarlo y a sobrellevar las cosas con cierta entereza y todo el coraje del que pueda hacer acopio. Pero acostumbrarme.... acostumbrarme a ver a mi hijo enfermo, eso ya es mucho decir.
Yo no quiero acostumbrarme a nada distinto de lo que ya tenía. No quiero tener miedo de si está hipo o hiperglucémico, no quiero despertarlo a las 4 de la mañana para obligarlo a comerse una manzana... no quiero que vaya al colegio pendiente de la inyección de las 11.30... no quiero que cuente raciones de hidratos de carbono para comer, no quiero fraccionarle la merienda ...
No quiero verlo llorar porque sus amigos toman pan con chocolate y él una pera... no quiero, simplemente no porque no puedo.
Así que, por favor, que nadie me diga más veces que los niños se acostumbran con facilidad a estas cosas, o me estallarán los ojos. Como esta mañana, cuando tras la última anotación en la libreta, al ver que me faltaban datos de las comidas de ayer, mi hijo se derrumbó sobre mi hombro llorando y preguntándose por qué le había tocado a él... y pidiéndome perdón por lo mucho que le cuesta no sucumbir a lo que él llama "tentaciones muy difíciles". Aún encima el pobre se siente culpable de no ser perfecto... ¡Sólo me faltaba eso!
El tiempo, la costumbre y la vida misma conseguirán que nos adaptemos a vivir con normalidad con esta compañera que no pedimos tener entre nosotros, pero que nos ha escogido como familia residente... lo haremos, seguro.
Pero no me acostumbraré jamás a ver a un niño sufrir, por algo que no comprende ni comparte... ni a una madre desmoronarse porque no puede darle a su hijo, lo que tienen los demás, simplemente porque "no le conviene" ni de forma puntual...
La vida es una tremenda putada a veces.
Y a nosotros, nos ha tocado -esta vez- compartir la nuestra con esta inquilina indeseada a la que no encontramos forma de echar.
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