Entonces empezó a mirar atentamente a su alrededor y se percató de que todo lo
que podía verse desde el antiguo salón era bastante corriente y de poco interés,
pero que todo lo demás era sumamente distinto. Así, por ejemplo, los cuadros
que estaban a uno y otro lado de la chimenea parecían estar llenos de vida y el
mismo reloj que estaba sobre la repisa (precisamente aquel al que en el espejo
sólo se le puede ver la parte de atrás) tenía en la esfera la cara de un viejecillo
que la miraba sonriendo con picardía.
Lewis Carrol
Alicia a través del espejo
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sábado
miércoles
Al otro lado del cristal
Más allá de la pared que tengo frente a mis ojos, sé que existe un lugar donde descansar al final del día, sentada a la sombra de los alisos que bordean el río.
Más allá, pero cerca...
Sólo tengo que atravesar el cristal.
Más allá, pero cerca...
Sólo tengo que atravesar el cristal.
jueves
Pecados capitales.- La envidia
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domingo
Acostumbrarse?
Tenemos una nueva compañera de piso. Se presentó sin avisar y ha venido para quedarse; se escondía tras la dulzura de un niño y no dio señales de su existencia hasta que un pediatra la pilló desprevenida en una prueba irrefutable: un análisis capilar de sangre que determinó su presencia, y desde ese momento nos dejó claro que se iba a convertir en una más entre nosotros.
Para vivir escogió a mi hijo. No me extraña, claro, si yo hubiese sido ajena a la situación personal que nos une, también lo habría elegido como compañero de por vida: es inteligente, divertido, cariñoso, avispado y vital... solidario, empático y fantástico amigo. Es normal que lo prefieran. Yo también lo haría.
Pero claro, esta nueva realidad, no esconde un proceso de aceptación que lleva un cierto tiempo. Porque en el fondo es eso; aceptación de la nueva realidad, ya que no tengo muy claro que llegue a acostumbrarme -como dice todo el mundo por ahí- al hecho de que la vida de mi hijo tiene que transcurrir pendiente de sus niveles de glucosa y pegado a una pluma de insulina. Soy consciente de que el autocontrol y la medicación son fundamentales en su calidad de vida, y por eso -sólo por eso- aprenderé a aceptarlo y a sobrellevar las cosas con cierta entereza y todo el coraje del que pueda hacer acopio. Pero acostumbrarme.... acostumbrarme a ver a mi hijo enfermo, eso ya es mucho decir.
Yo no quiero acostumbrarme a nada distinto de lo que ya tenía. No quiero tener miedo de si está hipo o hiperglucémico, no quiero despertarlo a las 4 de la mañana para obligarlo a comerse una manzana... no quiero que vaya al colegio pendiente de la inyección de las 11.30... no quiero que cuente raciones de hidratos de carbono para comer, no quiero fraccionarle la merienda ...
No quiero verlo llorar porque sus amigos toman pan con chocolate y él una pera... no quiero, simplemente no porque no puedo.
Así que, por favor, que nadie me diga más veces que los niños se acostumbran con facilidad a estas cosas, o me estallarán los ojos. Como esta mañana, cuando tras la última anotación en la libreta, al ver que me faltaban datos de las comidas de ayer, mi hijo se derrumbó sobre mi hombro llorando y preguntándose por qué le había tocado a él... y pidiéndome perdón por lo mucho que le cuesta no sucumbir a lo que él llama "tentaciones muy difíciles". Aún encima el pobre se siente culpable de no ser perfecto... ¡Sólo me faltaba eso!
El tiempo, la costumbre y la vida misma conseguirán que nos adaptemos a vivir con normalidad con esta compañera que no pedimos tener entre nosotros, pero que nos ha escogido como familia residente... lo haremos, seguro.
Pero no me acostumbraré jamás a ver a un niño sufrir, por algo que no comprende ni comparte... ni a una madre desmoronarse porque no puede darle a su hijo, lo que tienen los demás, simplemente porque "no le conviene" ni de forma puntual...
La vida es una tremenda putada a veces.
Y a nosotros, nos ha tocado -esta vez- compartir la nuestra con esta inquilina indeseada a la que no encontramos forma de echar.
sábado
Dos veces bello
Ya no hay princesas,
que esperen, pacientes,
el regreso del guerrero.
......... pero........sigue habiendo amor.....
martes
Un dulce recuerdo
En el portal de al lado al de la casa de mi abuela abrieron de pronto una tienda de caramelos; cada tarde al volver del colegio, todos los niños del barrio pegábamos la nariz al escaparate, intentando imaginar como sería el sabor de aquellas maravillas multicolores que nos desafiaban al otro lado del cristal.
La sóla idea de que alguien, de vez en cuando, nos regalara una preciosidad de las que allí vendían, nos hacía soñar frente a la puerta un día tras otro.
Y en eternas disertaciones sobre las mezclas que imaginábamos deliciosas, simplemente porque nos parecían bellas, hacíamos firme propósito de compartir la piruleta con todos los demás, y repartirla de forma que ninguno de nosotros tuviese motivos para seguir anhelando el tesoro que se guardaba en la puerta de al lado.
Pero....... el regalo nunca llegaba.
Un día vino a mi casa, por sorpresa, un tío mío que había hecho las américas y al ver la fascinación que sobre mi ejercía aquel escaparate, me regaló ¡Una cesta entera de caramelos! Fue algo extraordinario, que me llegó al corazón porque era mucho más de lo que nadie podía haber soñado jamás..... ¡Eran tan bonitas, y tenían unos colores tan brillantes!
Así que, en cuanto mi tío se fue, bajé a la acera y repartí los caramelos con todos mis amigos, que probablemente vieron el paraíso abierto frente a ellos cuando aparecí con la cesta. Pero habíamos hecho un trato y había que cumplirlo: el que tuviese caramelos debía repartir....... y así lo hice.
Yo no llegué a tomar ninguno porque enseguida me di cuenta de que había más manos que dulces...... y preferí que lo disfrutaran otros a comérmelo yo. A fin de cuentas, pronto llegaría navidad, y entonces todos tendrían cestas parecidas, y repartirían conmigo.
Pero...... algo debió fallar en el pacto, porque aunque las navidades efectivamente repartieron caramelos entre todos los niños del barrio, ninguno de ellos recordó lo que habíamos hablado tantas veces, y nadie bajó a la acera a repartir nada con los demás. O lo que es lo mismo, a repartir conmigo.
Al poco tiempo la tienda de caramelos cerró; y yo perdí la oportunidad de probar cualquier cosa que hubiera podido haber en ella.....
Y del disgusto me quedé una tarde entera, agarrada a la reja que cerraba el escaparate, mirando el cristal vacío tras el cual ya no había nada...
Me pregunto si será esa la razón por la que no me gustan los caramelos....
O si por lo mismo, no puedo evitar que me resulten tan atrayentes...
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